martes, marzo 07, 2006

Necrofilia

Se suele decir que cuando hay pelea de perros es porque el diablo está cerca. Queda al crite­rio del lector creer o no en esa superstición; la siniestra historia que narraré comenzó una noche con una sangrienta lucha de perros callejeros en la entrada del Cementerio Católico.Federico y Diego, los protagonistas de esta calamidad, estaban escondidos detrás de unos arbustos acechando al guardia de turno. Estudiaban el modo de ingresar clandestinamente a la necrópolis. "Matémoslo de un tiro, Federico" le susurró al oído. Éste le respondió con una negativa, porque el escándalo del disparo llamaría mucho la atención a los vecinos. Para entrar debían hacerlo fugitivamente, porque así resultaba más voluptuoso el crimen que cometerían estos malhechores.Armados de un poderoso alicate, un azadón y una linterna buscaron otra manera de intro­ducirse al camposanto. La única alternativa era saltar una pared de nichos. Y así fue como entraron. Los cedros daban un aspecto terrorífico y fantasmal. Vieron espectros de almas en pena que vagaban sobre las tumbas gimiendo de dolor. Caminaron no sin escalofríos hasta el lugar de sus negros proyectos: un imponente y majestuoso mausoleo de la familia Ferrer. Allí descansaba el cadáver de Ernestina, la mujer más santa y mojigata de la ciudad.Ernestina era una muchacha de veinte años dotada de una hermosura sin igual. Todos los hombres intentaron seducirla, pero ella nunca cedió debido a su extremada gazmoñería ca­tólica. El par de amigos también fueron hechizados por los encantos de Ernestina, pero ella los despreció por plebeyos. Ambos juraron que algún día se vengarían de ella.
Una noche primaveral Ernestina se acostó en su lecho y no despertó más. Su muerte pro­vocó revuelo social en todo el país, porque la acaudalada familia Ferrer era conocida por toda la capital. Tras la inusitada muerte, como es de esperar, vino la autopsia; Los patólo­gos conjeturaron centenares de hipótesis y aún así no lograron descifrar el enigma de su muerte. Nunca se supo la verdadera causa y hasta el día de hoy sigue siendo un misterio insoluble. Las malas lenguas aseguran que murió tan virgen como cuando nació. Es proba­blemente verosímil ese rumor, ya que Ernestina Ferrer tenía la mala costumbre de ir a misa todos los días y, como es sabido, el catolicismo lava el cerebro a sus fanáticos persuadién­doles que el fin de sus genitales es meramente reproductivo. Además, nunca en su vida se le vio con un amante.Federico y Diego fueron una noche a ratificar la virginidad que tanto se hablaba. Llegaron al mausoleo ayudados por la luz de la linterna, rompieron silenciosamente la cadena de la puerta y bajaron al oscuro subterráneo. De un duro golpe quebraron la sepultura de mármol. Por suerte el suelo estaba alfombrado de flores marchitas que amortiguaron la caída de los retazos. A cuatro manos sacaron el ostentoso ataúd de madera, lo abrieron sin dificultad y arrojaron al suelo al maniquí ataviado de blanco. Murió con los ojos abiertos, cerúleos, secos y más bellos que nunca. "En vida no te poseí, pero ahora muerta eres mía" le dijo Federico tras haberle manoseado lascivamente los pechos fríos como hielo. Diego rajó el vestido y la desnudó con brutalidad. El cuerpo había comenzado a descomponerse, las ci­catrices de la autopsia no estaban cerradas y por las incisiones se podían ver los gusanos devoradores. Las articulaciones estaban rígidas por el rigor mortis. Un furioso golpe propi­nado en las rodillas las quebrantó, dejándola más flexible para la violación. Excitados como bestias, Federico, besó la rosada flor de su sexo y su camarada hizo lo mismo con el capullo de más abajo. Se introdujo en su vagina y destrozó el apreciado himen: "Cumplí mi fantasía de desvirgar a una muerta, Diego" dijo emborrachado de placer. La vulva estaba más seca que un desierto, la aspereza de la fricción le hizo acabar rápidamente. Diego, cuya predilec­ción era la sodomía, no dudó el desflorar su culo inmaculado. La tendió boca abajo y de un sopetón penetró su ano tan firmemente contraído que le hizo eyacular en un santiamén. Se intercambiaron las posturas y abusaron de ella hasta quedar exhaustos. "Esta es la segunda vagina más seca que he follado, Diego, la primera fue cuando violé una veterana de no­venta años" añadió entre risas...Antes de finalizar la fechoría, Diego agarró los rubicundos vellos del sexo de Ernestina y con toda la potencia de su fuerza tiró de ellos hasta dejar el pubis completamente lampiño. Besó el ovillo de pelos desgarrados y lo guardó en su bolsillo como recuerdo de su infamia.No contentos con las atrocidades cometidas, los desalmados procedieron a descuartizar sin piedad el cadáver hasta reducirlo a un cúmulo de intestinos y gusanos sobre un charco de sangre coagulada...
Así finalizó la inhumana represalia. Los desgraciados se fueron satisfechos, sin remordi­mientos y con un mechón rubio de la víctima. FIN

domingo, marzo 05, 2006

Licencias Virtuales

Nos encontramos en la madrugada. Diez minutos antes de la entrevista me llamó al celular para avisarme cómo andaría vestido. Su voz era varonil y sobre todo muy caliente. No tenía la menor idea de cómo era, sólo me dio vagas descripciones físicas e incluso se pavoneó de su extraordinaria dotación. En la conversa virtual él se hinchó como rana diciendo que era demasiado viril y tan apuesto cual Apolo del Parnaso.

Le reconocí desde lejos por su amanerado caminar, requebraba las caderas con tal soltura y coquetería como si desfilase en una pasarela. Cara a cara. Me tendió la mano y la apretó debiluchamente: "Hola, Gustavo, cómo estás!", me dijo. Le respondí con una sonrisa ficticia.

Cuando le tuve frente a mis narices fui testigo la falsa belleza que presumía: "¡Maricón mentiroso!" - balbucié entre dientes. De seguro se jactaba de ella porque su madre, ciega en su infinito amor maternal, le encontraba el ser más guapo de la galaxia. ¡Cómo no!. En honor a la verdad debo confesar que su cara era monstruosamente fea, de perfil sobresalía una nariz aguileña tan inmensa que parecía una narizota incrustada en un hombre. Ni que decir de sus cejas pinzo-dependientes que asemejaban dos gaviotas. De frente sus facciones eran grotescas, dotadas de un feísmo sin armonía ni simetría. Pese a que busqué y rebusqué para encontrar algún encanto en su rostro, no hallé gracia ni atractivo alguno. En síntesis era más feo que el pecado.

Al principio el encuentro fue como todos los encuentros: ansiedad, incertidumbre y máxima tensión. Nos miramos de pies a cabeza, buscando la autorización del otro para fornicar sin más demora. Mi cabeza encontrábase en una dicotomía entre llevarle o no a mi cama. Yo era infinitamente más guapo que él, así que de mí dependía la aprobación. Pronto comencé a sumar y restar defectos y virtudes. Éstas últimas eran que este sujeto poseía un cuerpo muy fibroso con músculos redondos y turgentes; una barba áspera y la sola idea de su miembro tamaño-familiar comenzó a excitar el lujurioso fuego de mi curiosidad...

Para ser franco la primera impresión de él no me gustó en absoluto, pero mi calentura triunfó sobre mi amor propio y, ultrajándolo, llegó a la conclusión de que la musculoca era comestible, follable y en su culo vertiría la carga de mis testículos. Fue así como comenzamos a caminar, la loca sobreentendió mi aprobación y fuimos como flecha hacia mi habitación que haría las veces de micromotel...

El diálogo discurrió entre monosílabos y estupideces: "¡Hace calor, no?". Yo sólo asentía con la cabeza. Entramos furtivamente caminando de puntillas para no hacer ruido. Él sacó un cogollo y lo fumamos hasta perder la lucidez, los cuatro ojos se inyectaron de sangre. Entonces nos besamos con frenesí, mi lengua penetró hasta el fondo de su garganta, nos emborrachamos de éxtasis con la saliva del otro. Nos desnudamos en un abrir y cerrar de ojos. Él devoró como bestia mi sexo, se atragantó hasta hacer arcadas. Acto seguido la musculoca-de-cejas-pinzodependienes susurró: "¡Ahora te toca a ti hacerme lo mismo!". Me acomodé inversamente y me reí silenciosamente al ver en su pubis un rebaje perfectamente depilado con forma de triángulo equilátero. Me reí por la masculinidad que se jactó de antes de conocernos. Así gocé de sus intimidades en mi boca, lo chupetée hasta cansar mi lengua porque era verdaderamente soberbio y majestuoso.
En el cénit de la calentura, me puse un preservativo, la loca apretó fuertemente los dientes, arrugó la frente, se abrió el nalgatorio con ambas manos y de un sopetón se arrojó sobre mí: de una dura estocada le perforé hasta el fondo de sus entrañas. Regocijábase de placer, gemía femeninamente y daba delicados suspiros con cada punzada que le horadaba. Nos revolcamos como puercos en el lodo, la cama no dejaba de crujir. Lo follé con dureza y brutalidad, nos besamos desaforadamente, en realidad nos besamos groseramente, las espinas de su barba rechinaban contra las mías, estábamos más calientes que sol de estío. La loca cejifrunci galopaba sobre mí y, a ratos, ponía cara de orgasmo. En ningún momento se erectó mientras le enculaba, su pene estuvo flácido y ni se inmutó en revivirlo con masturbaciones. Se comportó como una verdadera mujer.

Mete que saca, saca que mete, en el intertanto su ano comenzó a rezumar las destilaciones de la digestión. Un insoportable y asfixiante hedor a mierda fresca invadió la atmósfera del micromotel. La loca-del-pubis-rasurado se avergonzó del accidente y siguió cabalgando con fuerza creciente hasta hacerme eyacular en su mierdoso culo.

No trascurrió un segundo y la musculoca sacó rápidamente el oloroso preservativo y lo envolvió en papel higiénico."¿Te gustó?"- Me dijo con ojos brillantes y suplicantes."¡Oh, sí, muchísimo...!", fingí extasiado. Luego vino el silencio sepulcral que fue interrumpido por los fuertes ladridos del estómago de la loca. Se rió estúpidamente y dijo: "Bajón, con el caño me dio hambre, ¿Tenís un pe'azo de pan que me convidís?" Para agradecer sus servicios, me levanté y complací su apetito, pero antes de salir dijo: "¡Ah, y un vasito de agua también!"- Sin decir siquiera porfavor, cosa que me desagradó sobremanera; le miré despectivamente: "¿Alguna otra cosita, patrón?". Rió nerviosamente. Fui a la cocina y le traje dos rebanadas de pan untadas con mermelada de mora, jugo y un yoghurt natural: "Ahí tienes" -le dije con indiferencia. Miró desdeñosamente los panes y puso cara de asco: "¡Pero eso no me llena po', yo quería una marraqueta, por ser!"."¡Eres descaradamente patudo!"- Le dije con voz plana precedida de una risa perversa. "Es que igual el caño me da hambre po, pero igual me lo voy a comer!"- exclamó con resignación. La musculoca-de-cejas-funcidas devoró los panes grotescamente dando muestras evidentes de se educación cerril. Acto seguido tragó vorazmente el yogurt con tanta desesperación como si no hubiere comido hace semanas. Después langüeteó la tapa de éste para no perder ni una gota: "¿Me podís traer otro pancito?"- me suplicó con voz lastimera. Reconozco que la humildad de su petición me conmovió, así que fui a la cocina y preparé otro pan pero, en son de burla, hice una hallulla con un exceso de mermelada, de modo que chorreara cuando se lo comiese. Y así fue, se lo zampó en un dos por tres y el atrevido osó reiterar: "¡Sigo con hambre!". Me reí a carcajadas dándole a entender que no pensaba saciar su estómago de quiltro insaciable. Haciéndose el indignado, poco menos tratándome de descortés, el muy patudo levantó su culo pestilente, se fue indignado y hambriento.

Ahí me quedé, desnudo, infinitamente arrepentido, con los testículos recién descargados y con la habitación hedionda a mierda, porque el muy imbécil me cagó el cubrecama!

sábado, diciembre 24, 2005

AXIOMAS


Habíamos convenido juntarnos a las siete de la tarde, justo en las afueras de la estación de metro. Antes de llegar a la boletería, sentí la característica agitación nerviosa que confiere la espera. Sondeé a mi alrededor para encontrarme con tal sujeto, busqué hasta que mi radar me sugirió un misterioso personaje que se escondía fugitivamente detrás de unos oscuros anteojos. Te miré fija e inquisitivamente por tres segundos, un fruncimiento de tu entrecejo me dio la aprobación de que eras, efectivamente, el cómplice de mis aventuras carnales. Te quitaste las gafas y te encontré muy apuesto. Lo primero que mi vista enfocó fue tu abundante barba, luego descendí mi mirada y noté un exceso de pelos salientes de tu camisa. En ese momento te desnudé mentalmente e imaginé tu pecho como un jardín que esparcía su lujuriante vegetación de vellos y que convergía a un piloso camino que llegaba hasta el altar de tu masculinidad. Caminamos no sin intercambiar frases rebosantes de frivolidad y superficialidad, con esos recurrentes diálogos que son necesarios para romper el hielo del silencio. Avanzábamos, por inercia, al lugar que nuestro contrato cibernético había destinado, hasta que llegamos a un departamento con paredes descascaradas y groseramente ornamentado con la inconfundible pomposidad del mal gusto y la miseria. No transcurrieron más de cinco minutos y el Primer Axioma se expresó en todo su esplendor: tus labios acometieron intempestivamente los míos, nuestras lenguas se encresparon como las olas de un mar de saliva ardiente y espumeante, nos toqueteamos con erótica sensualidad, tus manos se asemejaban a los tentáculos del pulpo cuando asecha su víctima; inmediatamente sentí la dura turgencia de tu miembro contra el mío, mientras me chupabas el cuello de manera pornográfica. Tan pronto como nos besamos llegamos a tu cama, nos revolcamos entre las sábanas y seguimos manoseándonos el sexo con redoblado vigor; entonces en un relámpago de tiempo te desnudaste y, tu delgado y peludísimo cuerpo, me impulsó rápidamente a lamer y mordisquear alternativamente tus tetillas, que parecían apetitosas frambuesas cubiertas de mil vellosidades. Luego me desvestiste con la brutalidad de una bestia, y mi miembro, que se erguía tieso como el acero, desapareció en tu boca. La tibieza de los cosquilleos de tu lengua me tenían completamente emborrachado de éxtasis, lo hacías con tal maestría que, para aumentar aún más la voluptuosidad que nos embriagaba, acomodé mi cabeza en sentido opuesto a la tuya y mutuamente rendimos culto a Falo, Dios de la promiscuidad... Al momento después, mágicamente apareció un preservativo en tus manos, lo colocaste en tu dardo y te hundiste, sin dilatarme, hasta el fondo de mis entrañas. Al comienzo fui presa del más desgarrante dolor de la penetración; dolor que pronto se convirtió en un intenso y delicioso placer. Tus potentes sacudidas entraban y salían al ritmo de mis gemidos, así, seguimos fornicando duramente otros cinco minutos, hasta que un espasmo eyaculatorio explosionó dando paso a mi lava ardiente, que se derramó sobre tus pectorales, y al mismo tiempo, tú inundabas un torrente de esperma en mis adentros. Ambos desfallecimos de goce en un orgasmo que duró cuatro segundos. Al quinto segundo, corriste apresuradamente a desinfectarte escrupulosamente los goterones de semen que te chorreé, mientras yo realizaba la misma acción con mi pegajoso miembro. Un prolongado e insoportable silencio reinó en la habitación, y a medida que el tiempo transcurría, el bello esplendor de tus atractivos, que al principio me fascinaron, disminuyeron al extremo de verte como un monstruo espantoso y asqueroso. Instantáneamente la voz de mi razón se apoderó de mis pensamientos, el arrepentimiento me reclamaba por haber sido el receptáculo seminal tus deseos. Luego el Segundo Axioma se manifestó en una fría indiferencia y en una inaguantable lucidez que nos repugnó a ambos y que fingimos no sentir. El hechizo que fue provocado por la calentura terminó tan rápido como empezó, así sus efectos solamente fueron los asqueos de la saciedad carnal y ese regusto amargo que deja en el paladar una cópula sin amor. Finalmente inventé cualquier excusa para huir lo antes posible de ese patético espectáculo, del cual todos hemos sido protagonistas alguna vez, y me dispuse a salir más vacío que cuando entré; me fui para nunca más regresar. Es evidente que nunca más nos reencontraremos, pues el misterioso sabor a novedad ya no existe entre nosotros. Y si por fortuitas y aleatorias razones nos llegásemos a topar en algún lugar, el Tercer Axioma se expresará sin palabras en esta simple oración: “Si te he visto, no me acuerdo”.

lunes, diciembre 19, 2005

Exégesis Diegética



Los remordimientos de este secreto que intenté sepultar para siempre me roen los pensamientos a cada instante, y me he visto obligada a narraros los funestos infortunios del cual he sido víctima. Con los ojos anegados en lágrimas, me dirijo a usted, en pos de solicitar vuestra filantrópica ayuda. Escuchadme atentamente lo que voy a contaros, sólo os pido conmiseración y empatía por vuestra parte: Hace no pocos meses atrás, a la hora en que los argénticos rayos selénicos brillaban con excelsitud en el firmamento, mi marido se dejó caer en nuestra morada. Apenas entró a mi alcoba el infierno se desató sin misericordia. Instantáneamente divisé sus ojos enrojecidos y percibí su putrefacto hálito que daba muestras irrefutables de que, por enésima vez, se había entregado a los placeres de la bebida. ¡No os imagináis cómo me punza el corazón cuando remembro las vicisitudes que continúan tal suceso! No sé qué demonio imperaba sobre alma de mi marido que, con la violencia de sus golpes, me desvistió en un santiamén y me obligó a ser el receptáculo de sus lujuriantes deseos. Mi cuerpo rechazaba toda intención coitogénica, debido a que mi matriz estaba en descomposición.De mujer a mujer, usted ha de comprender muy bien este fenómeno biológico y sus respectivas consecuencias. Como mi lastimoso estado no le brindó las suficientes satisfacciones que confiere la sensualidad, comenzó a blasfemarme horribles juramentos mientras chorreaba iracunda espuma de su boca. Su dipsomanía lo tenía completamente fuera de sus cabales. Entonces me asusté y comencé a gritar auxilio a viva voz. Posteriormente me zarandeó, me abofeteó y me humilló del modo más patético que pueda usted imaginar. Tal estadio de enajenamiento lo tenía enardecido, así que, como yo no pude saciar sus deseos carnales, se dirigió solapadamente al tálamo de mi hija menor que dormía profundamente; el desalmado acometió a la pequeña por su gaznate cual halcón asecha con sus garras una paloma, la inmoló a golpes y luego la exhortó a que felase su portentoso miembro. Y por si eso fuera poco, la lanzó violentamente sobre el lecho y comenzó a sodomizarla a diestra y siniestra, sin que ninguna consideración lograse detenerlo y sin que nada que no fuese la fuerza de madre lograse separarla de su verdugo progenitor. ¡Señora mía, no podéis imaginar el horror que embriagó mi corazón al ver el adulterio, el incesto, la sodomía, la pedofilia, el escándalo, la violación, en resumidas cuentas, todos los desòrdenes del libertinaje cometidos a la vez! Tras finalizar su faena, pensé que esta pesadilla había llegado a su fin, mas este bribón comenzó a golpearnos nuevamente con redoblado vigor, sin motivos y sin miramientos, hasta que nos dejó ensangrantadas, postradas sobre el piso sin conciencia de nada... Al otro día, cuando desperté de esta síncope, hice ojos ciegos a lo ocurrido y me dispuse a realizar los quehaceres domésticos que rigen mi jornada... ¡Lo más luctuoso de este evento en que mi hija quedó encinta y su padre niega rotundamente ser el autor de esta infamia!

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Exégesis Lumpérica:

Sae lo que pasa, Sita Andrea, resulta de que yo le quería solicitarle su ayuda, porque uhté es una wena mujer y siempre loh ayuda a losotras, a la gente humirde... Resulta de que estoy colacsá, porque sae que mi marido ya no me rehpeta, y no me siento realizá ni como mujer femenina ni como madre de familia... Sae que hace un tiempo atrás, pa'variar llegó curao a la casa... se gasta tooh el suerdo tomando pirsen con loh amigoteh que tiene y a losotroh los tiene al treh y al cuatroh!... Yapo, una noshe dentró pa' la pieza así por ser y... y más encima ese día andaba con la mensual po, tenía toa la shora confitá, y yo no le di na la pasá po', uhtéh me entiende, Sita Andrea, cuando losotrah estamos enfermas no loh babea la zorra por el masho ¿locierto? Entonceh ehte desgraciao infelíz andaba terrible caliente así por ser po, así que fue a la pieza de mi shicoquita, la Kimberly Stephanie, le bajó loh shurrineh, se encaramó arriba'e la niña y comenzó a hacerle el sexo, sita Andrea . ¡Viera usted cómo gritaba de dolor mi hija!... Entonces despuéh, yo imepedí que siguiera tocándome a la niña, saqué fuerzas de madre, y intenté separalo de la Kimberly ¿Y sabe lo que hizo este desgraciao infeliz? Se emputeció porque toavía estaba copeteao, me levantó la mano y me quebró los tres dientes que me quedaban, y eso no es ná, loh sacó las re-crestas con mi shicoca y loh dejó tiráh en el piso... Despuéh de ahí, no recuerdo nada... Desperté al otro día, me puse el delantal y hice como si no pasó nada... quise guardar para siempre este secreto de familia, pero ya no puedo más, Sita Andrea, porque este culiao me preñó a la niiiiiiiiiña!!!

jueves, diciembre 08, 2005

Tía Clarita

Resulta imposible no inspirarme en este idiosincrático personaje que representa, en gran parte, la fauna autóctona de Chile. Esta especie, de sexo femenino, es tan numerosa como las arenas del mar y su evolución ha quedado estancada en la prehistoria fruto del Machismo.
El intelecto de esta especie jamás ha sido mancillado con la instrucción que otorga la educación, y no por negligencia ni por desidia, sino por falta de méritos, ya que están estigmatizadas con que el estudio no es una cosa que les atañe. Actualmente existen algunas subespecies que se encuentran sumergidas en el más absoluto analfabetismo, existiendo algunos casos más patológicos donde estas subespecies refractarias se obstinan en querer aprender.
El presente texto intenta disectar, a todas luces, en forma metódica y sistemática una especie particular de esta categoría. Su nombre es Clara Quintullanca, pero es conocida por todo su entorno social por "Tía Clarita". Vigorosa mujer de 48 años de edad y de cuna conchalicense.
El hábitat de esta humilde mujer de cuerpo robusto y ballenesco es principalmente la cocina, se encuentra casi todo el día ahí con su delantal floreado y con sus manos nauseabundas a cloro. Se dedica apasionadamente a los quehaceres de la limpieza y del orden doméstico. La única filosofía de vida de esta esforzada mujer, se basa en la singular manía de tener su casa impecablemente pulcra, con el piso tan radiante y cristalino, que el esplandor del encerado refleje, como un espejo, su imagen en el suelo; sin que ninguna mácula de suciedad burle su orgullosa dignidad de "mujer decente" que con tanto esmero y dedicación ha de realizar a diario. Así se pasa la vida esta mujer, desinfectando, limpiando a fondo, escobillando, pasando la virutilla, trapeando el piso, sacando brillo, sacudiendo el polvo con el plumero, etc...
Uno de los puntos claves, que a la tía Clarita generaliza su especie, corresponde a la eterna moda del rojo caoba de su pelo corto y sin patillas; inexplicable fenómeno de querer asemejarse a su sexo opuesto; algunas hipótesis de este singular gusto sugieren que así les es más fácil de peinar y, por sobre todo, resulta más económico de tratar.
Sicológicamente la tía Clarita es insidiosa y deslenguada como una víbora, siempre inventa calumnias, chismes y habladurías a las demás veteranas de su especie. Envidiosa por antonomasia, ignorante por definición. Generalmente viste variopintos vestidos floreados que hacen juego con las cortinas y manteles de su casa.
Su físico desproporcionado tiende a crecer horizontalmente en proporción aritmética.
La celulitis ha invadido toda la superficie de su piel; sus gigantescos pechos, al igual que su culo grosero, apuntan hacia abajo por el inevitable efecto de la fuerza de gravedad.
El pasatiempo predilecto de la tía Clarita es tejer como araña. En los escasos momentos en que no tiene nada mejor que hacer, se dispone afanosamente a realizar aquella labor artesanal que es sinónimo de no hacer nada. Solaza tanto con sus amigas-vecinas con el tejemaneje que hacen competencias de rapidez, y algunas, las más peritas en ese arte, insólitamente se cranean para inventar puntos nuevos y se los enseñan unas a otras.
Un mínimo común múltiplo de la tía Clarita con las demás de su especie resulta cuando ella se irrita por algún mal rato, su comportamiento y su actitud se transforman radicalmente, al de una bestia bruta y salvaje. Luego del arrebato hace gala de su inmenso hocicobulario, y comienza a blasfemar los adjetivos más groseros e insultativos de su lengua.
El tormentoso infierno de la vida de la tía Clarita, se desata en las noches cuando llega el marido, generalmente emborrachado, a la casa. En ese entonces la desgraciada tiene que tolerar el mal genio de su borrachera y su insoportable machismo. Al déspota de su esposo, le fascina manipularla como un títere cocinero, le regaña por todo y siempre anda buscando el menor pretexto para reprocharle su calidad de dueña de casa. La pobre tía Clarita debe obedecer mansamente las órdenes de su cónyuge. Cada palabra de él es una ley tan sagrada que toda la familia debe acatar como los diez mandamientos de Moisés.
Frecuentemente su temido marido se enfada cuando, por ejemplo, la comida no está servida al momento que él llega de su trabajo o, incluso, cuando la cena está fría. Él se encoleriza a tal extremo que, el tirano, descarga su ira con violentos golpes en el cuerpo de la Tía Clarita, quien recibe, dócil, los malos tratos con la cabeza gacha y sin relinches (Las pruebas que evidencian la agresividad de los golpes, se aprecian en la mandíbula desdentada de esta mujer: con el pasar del tiempo, las peleas han llegado a tal intensidad que, su esposo, le ha arrancado con la fuerza propia de un cavernícola, todos los dientes a la Tía Clarita). Desolada y adolorida en el piso, con moretones y severas heridas, pareciera que la desgraciada disfrutara de las humillaciones que le induce el machismo que la esclavizó desde el primer día de su Himeneo, porque lo único que hace para salvarse de esta deplorable situación es cerrar la boca y no decir ninguna palabra. Resulta superlativamente patético el estado en que la pobrecita queda hecha un mar de lágrimas de infelicidad. De este modo debe ser el mando que debe ejercer el macho dominante sobre la hembra mansa, rebajando al sexo débil al nivel más bajo de un animal insignificante. Así el machismo triunfa victorioso y, como una epidemia difícil de erradicar, se contagia de madre a hija, de generación a generación.
Al finalizar la jornada, la tía Clarita, aparentando como si nada malo hubiese pasado, se acuesta con su marido en cama, con su dignidad humillada y con un odio infinito reprimido en su corazón. Se aferra de la almohada y se pone a llorar a escondidas, se desahoga en secreto para no despertar a su marido que ronca como león. Luego suplica devotamente al Eterno, le pide que le dé las fuerzas necesarias para soportar, sumisa, los sinsabores del sagrado vínculo llamado matrimonio. Tras llorar con mocosos hipos y de rezar el interminable rosario (habitual mala costumbre de todas las noches), la Tía Clarita se persigna y finalmente se dispone a dormir para que al otro día, al despertar, se repita el monótono ciclo del machismo inveterado.

miércoles, noviembre 30, 2005

Asquerosa Historieta Porno


Sábado en medianoche, hora exacta en que Jasón y Matías habían planeado juntarse en un solitario cruce de avenidas; el encuentro nocturno, como siempre, tenía el mismo propósito macabro de secuestrar a la primera persona que se les cruzase por el camino. A estos libertinos no les importaba el sexo, edad, ni nada de sus víctimas, porque los preceptos donde descansan la ley de sus deseos los obligaba a acechar la primera persona que vieran, pero sólo a la primera víctima, para someterla después a las torturas más extravagantes y a las excentricidades más crueles y espantosas que a estos dos malvados se les antojase.
Desgraciadamente, en un oscuro callejón sin salida, una prostituta borracha y más fea que el diablo se les atravesó el camino. Ella jamás imaginó que su cuerpo estaría pronto envuelto en la pegajosa telaraña de estos malhechores. La ingenua, el verlos acercarse, sonrió contenta porque últimamente la clientela había disminuido notablemente y , en efecto, hace tiempo no lucraba sus genitales.
La estrategia de los libertinos para raptar a sus presas consistía en acercarse amigablemente, con el rostro cubierto por la máscara más hipócrita la simpatía, simulando que sonríen y el con tono de voz más amistoso engatusaban a sus víctimas para luego invitarlas a conversar y divertirse un rato.
La pobrecita nunca sospechó que, si seguía a estos depravados, sería el blanco de mil atrocidades. Fue así como llegaron a un polvoriento cuchitril donde se sentaron en un sofá a conversar obscenidades. Ella estaba al medio sentada.
En un momento de la plática, la prostituta, dijo que estaba en período menstrual, cosa que excitó a mil revoluciones la extraviada imaginación de Jasón quien, con sus siniestras garras, comenzó a manosear sin discreción las piernas de la puta callejera, que en el intertanto le acariciaba voluptuosamente las ingles a sus dos compañeros de noche.
Jasón, el mayor de los tres, puso su mano sobre la nuca de la perra, y con un grosero gesto, la obligó a chuparle su tiesa virilidad. La prostituta no puso resistencia alguna, e hizo la labor con tal maestría que evidenciaba su experiencia en ese arte.
El otro amigo, Martín, le arrebató las pocas ropas que vestía y le introdujo por el coño el dedo mayor de su mano izquierda y se puso a masturbar su campanita de carne. Excitada a mil, la perra continuó la faena con fuerza multiplicada, hasta que, repentinamente, la puta, con su pelo todo desgreñado, se levantó de un salto y cogió un cáliz de cristal que estaba tirado en un rincón de la habitación.
Los amigos, curiosos de saber qué demonios iba a hacer la prostituta con el cáliz, vieron con los ojos salientes y desorbitados cómo se sentaba sobre éste y, acomodando cuidadosamente los labios de su vulva eyaculó un caudaloso chorro de menstruación.
Jasón, con su miembro excitado hasta su máxima potencia, miraba sin pestañear el rojo espectáculo que la perra lucía. Luego tomó cautelosamente el cáliz para no derramar nada, lo olfateó profundamente con los ojos cerrados y se lo bebió de un sorbo. El placer que le confirió ese afrodisíaco elixir, le emborrachó a tal grado los sentidos, que, como la bestia feroz que ataca su presa, la lanzó precipitosamente piernas arriba y se hundió sobre ella como piedra en el agua.
Las sacudidas de Jasón dentro de la perra, entraban y salían con tanta violencia que las tetas de la puta bailaban como gelatina al compás de sus cachondos gemidos. Improvistamente, Jasón, sintió irresistibles deseos de orinar, y sin decir palabra alguna, miccionó dentro de la matriz que hervía como el fuego del infierno. Siguieron fornicando, con la misma intensidad, hasta que cuando acabó, ordenó a la puta que le devolviera en su boca la orina y el semen que había depositado, ante lo cual ella accedió y de su vulva chorreó una asquerosa catarata de meado que el degenerado tragó acezante.
Ese inmundo espectáculo estimuló a Martín, antojándosele introducir su enorme miembro entre las axilas peludas de su amigo, pero antes de hacerlo, las lamió lascivamente para asegurarse que, en efecto, rezumaban sudor y que emanaban la pestilente fragancia parecida al amoniaco, porque sólo de ese modo, la nauseabunda hediondez lograría amplificar el erotismo de su fantasía. Acabó en sus pelos axilares y ,la prostituta hambrienta, corrió a devorar el semen vertido. Martín, con su cuerpo fatigado, se apoyó sobre las mejillas de Jasón, de modo que las espinas de sus barbas entrechocaban con tanto calor que los amigos se besaron largo y tendido; en el intertanto, la perra se zampó a la boca ambos miembros a la vez.
Las lujuriantes ideas de Jasón le llevaron a manosear con un dedo el ano de la perra y, sorpresivamente, se encontró con una costra de excremento en la periferia de su esfínter. Ebrio de calentura, Jasón, lamió su dedo con tanto gusto como si se tratase del manjar más dulce y de refinada repostería. Siguió raspando con su uña hasta que logró sacar un gran costrón de mierda seca y maloliente y volvió a chupetearse el dedo con deliciosa satisfacción; luego que el ano quedó limpio, le metió dos dedos, después tres, cuatro, hasta que atravesó su mano entera hasta la muñeca. La prostituta daba gemidos sin cesar, disfrutaba tanto el mete-y-saca, que le exigía a gritos más brusquedad en el trato. La libertina, mientras gozaba por atrás asechaba con su mirada a Martín, así que abrió sus piernas de par en par y le hizo un provocativo gesto con en dedo entre los labios vaginales, alentándolo a que mordiese su clítoris sobresaliente.
Martín comenzó a pellizcar su rosadas carnes brutal y ferozmente. La perra se derretía en un mar de lubricación, torciéndose en fuertes retortijones por el placentero dolor masoquista que le daba Martín, que después, sin escrúpulos ni ascos, lamió groseramente su putrefacto sexo que olía a sangre coagulada mezclada con las secreciones de excitación, orines, suciedad y semen. Después Martín se dispuso a follarla duramente por el coño. Mientras tanto, el brazo de Jasón se hundía cada vez más y más en las entrañas de la puta, hasta que logró rozar los pelos de su axila con el ano de la prostituta. La perra que sentía dos placeres a la vez, estaba completamente enajenada como si un hechizo diabólico se hubiese apoderado de su alma; comenzó a dar horrendos gritos satánicos, anunciando a viva voz que pronto acabaría. Lo hizo al instante y escanció una inmensa cantidad de vino tinto sobre el pubis de Martín. Una desternillante risa la poseyó y, Jasón, en un acceso de ira tras ver cómo se derrochaba ese preciado licor menstrual, quitó con indignación de un tirón su brazo que seguía empotrado en el culo de la prostituta, y enfurecido por el desperdicio, empujó a la puta con la violencia de un golpe en vientre, y ésta al caer se golpeó tan fuertemente la cabeza que quedó inconsciente por unos minutos.
Jasón, sin perder más tiempo, corrió presurosamente a chupar los goterones de sangre menstruada que escurrían sobre la felpuda selva de Matín, los chupaba con tanta ansia como el sediento que encuentra agua en el desierto; luego se tragó su enorme sexo erguido e impregnado en sangre, lo devoró a besos y degustó placenteramente las pequeñas gotitas de semen coagulado que quedaban, mientras sus dedos se enroscaban como serpientes sobre el pubis empapado por la saliva.
En un rincón del cuchitril estaba la puta postrada en el suelo con las piernas abiertas y todavía inconsciente, en una posición tan sugerente que invitaba cordialmente a Jasón para que succionase los jugos de su regla y él, como el picaflor, entreabrió sus carnes rosadas y las lamió apasionadamente hasta beber las últimas gotas de las destilaciones de su vino menstrual. A su vez, Martín, viendo la postura tan provocativa e incitante en su compañero, no se resistió la tentación de langüetearle su majestuoso miembro que se enderezaba tieso con las venas henchidas y salientes e hicieron una cadena de sexo oral. Un espasmo eyaculatorio le hizo acabar en la boca, apagando así la voluptuosa sed que le embriagaba. Paralelamente, Jasón, taladraba ruidosamente con su lengua el ano mierdoso de la perra, quien poco a poco comenzó a despabilar por las placenteras cosquillas, hasta que se despertó de la golpiza con un agudo dolor en la boca del estómago.
Entonces, la prostituta, llena de rencor y resentimiento hacia el verdugo que la había maltratado, aprovechó el instante preciso y la ocasión perfecta para atacar su venganza contra Jasón; así que en el momento exacto tomó su taco aguja y se lo enterró despiadadamente en el centro de su ojo izquierdo,
presionó sobre éste con tanta fuerza e hizo palanca con tanta energía que lo arrancó de su órbita. El miserable cíclope, que no podía defenderse por el espantoso dolor, se puso a gritar hasta desgañitarse. La villana, mientras Jasón chillaba a sus anchas, le insultaba y maldecía. Pero como las represalias suelen ser, por ley, doblemente crueles y malintencionadas (porque sino el desquite no tendría gracia) , la fiera cogió una filosa daga de su cartera y le cortó de una estocada el nervio óptico. El desgraciado sangraba copiosamente y se retorcía de dolor a más no poder, miraba con profundo odio a la maldita perra que le mostraba con burla coqueta el ojo cortado, el cual comió como quien come una frutilla y luego lanzó lejos el arma blanca. Entonces la perversa, para desquitarse más aún de su verdugo, se puso a horcajadas sobre la cara del inmolado, comenzó a orinar la ensangrentada concavidad de su ojo y se rió diabólicamente por la vil fechoría acababa de cometer. El sacrificado, que miraba de reojo e indignado de humillación, se desvaneció al instante en el sueño eterno producto de la profusa hemorragia.
Martín, que miraba boquiabierto la espantosa atrocidad, agarró del pelo teñido a la puta, le zarandeó, le abofeteó duramente. La perra a duras penas pudo defenderse de la robustez de su contrincante; poco pudo herirle, a lo más, sólo consiguió hacer brotar una diminuta línea de sangre del brazo. Él, aprovechando el miserable rasguño como pretexto, se enfureció como una bestia cavernícola y le lanzó una vigorosa patada en la boca con tanta energía que le rompió los dos incisivos de la mandíbula superior. Cayó lejos al piso y, Martín, sin pensarlo dos veces, recogió la daga que estaba al otro extremo de la habitación y le circuncidó el clítoris de un golpe. La zorra se quejaba a gritos tan escandalosos que resulta imposible describir la intensidad del dolor que sentía, vomitaba una sarta de improperios que no están registrados en el diccionario mientras se inundaba en un charco de sangre que brotaba entre sus piernas. Martín se reía a mandíbula batiente por la perversidad con que había vengado el honor a su amigo. Entonces, con el clítoris seccionado en su mano, lo exhibió con burla a la sufrida ramera que lloriqueaba en el suelo, del mismo modo y con la misma mordacidad que ella lo hizo con el ojo de su amigo Jasón. En ese mismo instante, en que la prostituta lloraba a lágrima viva, Martín, con los nervios electrizados de lujuria, y con el miembro duro como el acero, se echó la excrescencia a la boca, la mascó como si fuera un chicle y finalmente se lo tragó.
Al rato después, la prostituta cerró sus ojos y su corazón dejó de latir por la excesiva pérdida de sangre.
Martín, el más licencioso de todos, cuya mente nunca dejaba de fantasear aventuras, se dirigió donde estaba el cuerpo muerto Jasón y se le ocurrió la fenomenal idea de desflorar la órbita virginal y vacía de su amigo. Penetró la concavidad del ojo vacío y eyaculó con tal abundancia que lo llenó de esperma.
Luego recogió la daga del suelo y le cortó el miembro flácido e hizo lo mismo que con el clítoris. Después de comérselo, cogió sus ropas, se vistió apresuradamente y se fue tranquilamente como si nunca hubiese pasado nada.
Fin

viernes, noviembre 25, 2005

Orgasmo Matemático


La integración de axiomas y de algunas simples reglas de inferencia lógica, dan como resultado un sinnúmero de teorías. En este caso, éstas teorías corresponden exactamente a lo que suele denominarse por "Teoremas" que, grosso modo no son más que ecuaciones, dotadas de belleza y armonía sin igual, que reflejan la más pura de las perfecciones del intelecto humano. Éstos son estructuras de conceptos teóricos que nadie se atrevería nunca a refutar, porque son proposiciones comprobables y demostrables que no nacen por generación espontánea, ni mucho menos por iluminación divina.
La Matemática es el lenguaje universal de todas las Verdades que se escriben sintácticamente a través del Álgebra.
Algunos podrán decir que la Matemática es una enredada y espinosa cadena de silogismos que sólo ha sido creada para confundir la razón –de igual modo como actúan los misteriosos dogmas de la religión–. Esa crítica puede ser aceptada hasta cierto punto, pero si bien una cadena de razonamientos puede ser inmensamente larga, para entenderla en su máxima completud, por muy abstracta que ésta sea, se debe reparar en todos y en cada uno de los eslabones que conforman dicha cadena, pues la interconexión de éstos son justificados metódicamente bajo las luces de la rigurosa lógica. Sólo de ese modo, nuestra mente iluminada por la deducción del razonamiento encadenado, nos hará partícipes –y cómplices a la vez– de la Verdad Absoluta y Suprema; logrando así comprender el fabuloso engranaje y los circuitos de todas las leyes que rigen en universo entero.
A diferencia de otras teorías, por ejemplo, del área de las humanidades, las cuales han existido desde tiempos inmemorables, pienso que sólo son una constante inconstancia que florecieron de algún agudo pelafustán quien organizó su argumento en un discurso coherente, convincente, verosímil y, sobre todo, consecuente consigo mismo. Pero, ¿Qué hay en ello sino una hilación de conceptos que pretenden, presumidamente, poseer la Verdad?
Con esto no pretendo menospreciar la inteligencia de los humanistas, ¡En absoluto!. Aunque hay algunos pelagatos que se jactan de ser conocedores de la verdad, su verdad de moda que varía conforme al contexto epocal donde estén insertos, los prejuicios, la tradición, convencionalismos sociales, entre otros factores.
Aquí sólo quiero manifestar mi modesta opinión hacia mis detractores más acérrimos que, repitiendo como loro teorías que otros ya dijieron antes, siguen vanagloriándose con usar (y abusar) fórmulas retóricas trilladas que están en boga solamente -y exclusivamente- para adornar con elocuencia sus discursos que redundan en vaciedad temática.
Porque, querámoslo o no, su moda discursiva pasará a la historia tan pronto como cuando nazca otro pelafustán más agudo e instruido que el anterior, para que contradiga la tesis predecesora con fundamentos propios de convencionalismos sincrónicos que, por supuesto, han de devenir con la evolución del pensamiento contemporáneo. ¡Y Zas!
La elite de intelectuales enaltece al nuevo erudita por aquél mérito de haber dicho lo que todos piensan de antemano, pero que nadie posee la suficiente chispa para explicitar con palabras locuaces. Luego le agradecen póstumamente dejando vestigios de su existencia en libros y enciclopedias.
Así, la nueva teoría se mantendrá vigente por unas cuantas décadas, hasta que venga otra y le rebusque las imperfecciones más pequeñas para desmentirla, rectificarla, etc...
De ese modo, en un círculo vicioso, girarán volubles las teorías de las humanidades, por el mero capricho de discutir, ese codicioso afán de luchar sin tregua por tener (o pretender tener) la razón, ocioso pasatiempo lúdico de “ser inteligente” y que probablemente vivirán mutantes hasta el día del Apocalipsis.
Frente a esto, no me queda sino pensar que las teorías humanistas se articularon, se articulan y se articularán en una eterna metamorfosis de inestabilidad.
En contraposición, la Matemática no necesita de sabios que modifiquen las nuevas teorías, porque éstas son indiscutiblemente así, porque son así; por ejemplo, el fuego es caliente porque su naturaleza ontológica es ser caliente, y nada más; fue caliente, lo es actualmente y lo será siendo siempre y nadie negará su escencia calurosa. Así de sencillo opera el razonamiento matemático, sin rebuscaciones artificiosas, ni recursos retóricos que aturden el entendimiento en vez de esclarecerlo. Y si por algún singular motivo, una teoría o un teorema resulta ser demasiado engorroso de utilizar –que no por eso deja de ser verdadero–, a lo sumo, una mente ingeniosamente astuta demostrará algebraicamente otro algoritmo alternativo que nos facilite la vida y nos haga ver, por otro camino, la Majestuosa Verdad que conlleva la Matemática en sí. Quizás se me critique por ser pedante, es que no resisto la tentación de poner en manifiesto la gratificante e indescriptible recompensa sensitiva (donde no participan los sentidos físicos) del sublime gozo que confiere la solución de un problema que ha llevado mucho tiempo y que sólo la perseverancia del trabajo arduo, nos premia con los laureles del triunfo y del éxito.